Piensa en cómo te sientes cuando te pasas ocho horas, día tras día, trabajando en la producción de algo de calidad mediocre o simplemente deficiente, y lo sabes. Seguramente no te gusta. No te sientes contento, no estás a gusto. No tienes ganas de hablar de tu trabajo y de defender lo que haces delante de otros. No estás orgulloso de tu obra. En mi experiencia, cuando las personas trabajan en productos o servicios de baja calidad, tienden a abandonar su empresa más rápido, a ausentarse del trabajo más a menudo, y a difundir este sentimiento de malestar a otras personas de su entorno. Esto, a su vez, disminuye aún más la calidad de los productos. Sin embargo, cuando las personas trabajan en productos de alta calidad, tienden a permanecer más tiempo en su empresa, rentabilizando así la formación y la práctica recibidas, se concentran mejor, y diseminan estos sentimientos a sus colegas.
En resumen: la calidad no solo sirve para crear productos o servicios que se pueden vender por más dinero. También sirve para cultivar el capital humano de tu organización, mantenerlo satisfecho, orgulloso y a pleno rendimiento.
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